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viernes, 9 de diciembre de 2011

Febrero 2011

Comencé el mes de Febrero con 8 kilos menos y en mi cama de hospital. El olor a desinfectante no se me iba de la nariz, pero me daba igual, me pasaba el día queriendo dormir o al menos lo intentaba manteniendo los ojos cerrados, lo que me evitaba tener que hablar con las visitas. Mi hermano vino con una caja de galletas que por supuesto no podía ni probar, pero bueno, la intención es lo que cuenta (pensaré). Estuvo 15 minutos, preguntó literalmente cómo me iba la cosa y si me había visto las tripas. Después se marchó diciendo que había quedado. Hizo infinitamente más que mi madre, a la que avisaron y dijo que ya me visitaría cuando estuviera fuera del hospital que le agobiaban mucho. Honestamente prefiero que no llegara a visitarme.

 A y C vivían prácticamente en el sillón de imitación a cuero negro de la habitación, no se separaron de mi lado. Supongo que todo el mundo imagina lo solo que te sientes en un hospital si nadie te acompaña y paradójicamente, me daba igual que no hubiera nadie. No quiero sonar desagradecida porque no tendré años de vida para agradecerles lo suficiente todo el amor y la dedicación que me han dedicado, pero digamos que entré en un punto de apatía y pasotismo tal, que me daba exactamente igual todo. La frase común de todas las enfermeras era: 

- "¡Anímate, mujer! Mira lo delgada que te estás quedando, ¡ni en la Buchinguer de Marbella! Si tus amigas tienen el cuarto que parece una suite

Y ahí les doy la razón, no me faltaban las flores (se encargaba A), B aunque no pudo venir por trabajo, me mandó las suscripciones de 5 revistas, y un camisón muy mono de H&M, y aunque su fuerte es animar, C improvisó trayendo un montón de globos de colores que ató en mi cama. Lo cierto es que aunque se esforzaban por animarme, las pobres apenas podían hablar del disgusto. Pasaron como 3 pacientes por la habitación, todos para operaciones y la frase que solía oír era:

- "Uh, la pobre, qué mala cara tiene... bien mala tiene que estar, ¿verdad?"

Cuando C se quedaba conmigo, A se esmeraba en prepararme cremas para poder comer y aunque al principio lo intenté, lo pasé tan mal en el baño que no quería abrir la boca. Sólo que era contraproducente y me obligaban a comer papillas. Paradojas de la vida, hacía menos de un mes había estado alimentando a Ana con potitos y papillas de verdura parecidas a las que yo debía tomar ahora. 

Pasada la primera semana, hubo un cambio y apareció en escena un enfermero al que curiosamente conocía: fue un compañero en Empresariales, hasta que decidió cambiarlo por la enfermería. Al principio lamenté encontrármelo y que supiera exactamente qué me había pasado, pero después me motivaba el verle cada día. Era un chico muy agradable, muy atento conmigo, me hacía sentirme bien y olvidar por segundos que estaba en una cama de hospital con un camisón de vieja y que necesitaba urgentemente hacerme la cera (el pasarme la cuchilla me traía negra). 

Para San Valentín me trajo una flor y 4 días más tarde salía del hospital con ganas y con miedo, mis piernas endebles de tanto reposo me temblaban al salir a la calle. Llegué a casa y sentí alivio. Más aún al día siguiente, quería borrarlo todo. No me habían sacado el tema, pero si yo no denunciaba, además de mi amiga, había más mujeres dispuestas a hacerlo. También acabé sabiendo que no iba a seguir trabajando para cuidar a mis niños.  A y C pensaron, tras acordarlo con mi jefa, que lo mejor era retrasar la información al máximo. Es cierto que yo llevaba un mes en el hospital, que mi jefa estaba ya casi de 5 meses y necesitaba buscarse a alguien que la ayudara. Alguien que no tuviera que hacer reposo para una clavícula rota, ni rehabilitación para la fisura en la muñeca... Estaba oficialmente de baja y después pasaría al paro. El saber que ya no iba a cuidar yo de los niños fue aún peor que el dolor de mi intestino perforado, pero tenía tal nebulosa mental que no podía pensar. Me dediqué a escuchar las canciones de yoga y relax en la cuenta spotify de A. Y aunque cambiaba el título, me parecían todas una misma canción. La banda sonora de mi mes de febrero.


Enero 2011

Como dejé escrito en el blog, el 13 de enero quedamos A y yo para irnos de rebajas. Recuerdo que esa mañana los niños habían estado muy inquietos y acabé la jornada muy cansada. No tenía muchas ganas de ir, pero en cuanto vi aparecer a A sonriente con dos piruletas (como si llevara dos lingotes de oro) supe que me animaría. Estuvimos en Zara, en Oysho y en Pull and Bear, recuerdo que al final me compré unos pantalones de Springfield que me parecieron cómodos. Sobre las 9 de la noche nos íbamos para casa y quería acercar a A en coche para que no tuviera que coger el autobús, ella no quería, pero insistí tanto que no le quedó más remedio. 

Como estaba todo abarrotado de gente, aprovechamos para pasar de una calle paralela a la otra a través de unas escalinatas que no solíamos bajar. Normalmente no baja nadie por ahí ya que, a pesar de estar en pleno centro, es una zona sin farolas; pero ese día ya os digo que había gente por todas partes así que bajamos. Lo siguiente que recuerdo fue un griterío detrás de nosotras, un empujón muy fuerte por el que caí por las escaleras. Imagino que os habrá pasado al caeros, se queda uno como conmocionado y te levantas sin saber muy bien qué te duele; pues al intentar ponerme de pie me di cuenta de dos cosas: que el brazo derecho me dolía a morir y no podía ni apoyarlo y que no me podía levantar porque me había clavado en la barriga una antigua barandilla de escaleras oxidada. Al comprobar la profundidad de la herida y que me manché la mano de sangre, apenas pude vocalizar el nombre de mi amiga que en esas décimas de segundo era aún ajena a lo que me estaba sucediendo. Su cara fue el reflejo del terror, pero reaccionó a tiempo para gritar y pedir ayuda por teléfono. Yo me estaba mareando por el dolor y en el fondo me preguntaba si me mareaba porque me dolía la herida o me dolía porque me había visto lo que me pasaba. De cualquier forma, fue todo un espectáculo horrible. Tengo grabada a fuego la imagen de una bolsa blanca de Oysho de A llena de sangre.

Ya en el hospital perdí la cuenta de todo. Clavícula rota, muñeca fisurada y perforación de intestino. Casi nada. Pérdida de sangre, operación de urgencia, reposo absoluto, confusión mental... 

Lo que ocurrió fue una pelea entre dos mujeres de etnia gitana que peleaban por un robo de carteras. Una gitana de casi dos metros se lió a guantazos con la otra, que cayó encima de mí. La suerte (después de todo) es que había tanta gente escandalizada por lo que pasó que se ofrecieron para testificar en el juicio que yo quería evitar, pero que finalmente se está dando. Ahora en la distancia reconozco que me salvó el insistir tanto para llevar a A en el coche, si no, me hubieran recogido quién sabe cómo.