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domingo, 11 de diciembre de 2011

Abril 2011

Para el mes de abril salía de una manera más habitual a la calle, principalmente para revisiones médicas y comprobaciones de la baja. 

El post-operatorio y recuperación de una perforación de intestino es muy dolorosa, lenta y por mucho que digan los médicos nunca nunca te quedas bien, siempre acabas sufriendo malestares que se quedan para siempre. Yo además le añado a eso mis dolores de clavícula: debo tener cuidado cómo cargo el peso o cómo cojo algo pesado porque aunque soldó bien, la rotura de mi clavícula fue muy fea, según los médicos. En resumidas cuentas, una vez que el coche se estropea, nunca funciona igual aunque lo arreglen. Pero ya no puedo descambiarlo, ¿verdad? así que sólo me queda aguantarme y encima dar gracias. 

En los primeros días del mes coincidí en el hospital con mis jefes, yo iba con mis carpetas llenas de papeles y ella iba con una super barrigota. Me entró unos nervios en el estómago como cuando te cruzas con el chico que te gustaba o algo así, me inquieté y me daba miedo cómo ibamos a llevar el encuentro fortuito. Digamos que la sorpresa fue evidente para todos, pero ellos supieron salvarla mejor que yo, que no sabía decir nada más allá de un tonto hola. Salían de la última visita al ginecólogo antes del parto que estaba programado pasadas las dos semanas siguientes. (qué manía tienen ahora de programar los partos, ¡si los niños salir, van a salir!) Me dijeron de tomar un café, pero como me tocaba entrar a ver al especialista, no pudo ser y apostillaron, pásate por casa cuando quieras y ves a los niños. En este momento lo que antes habían sido unos nervios en el estómago se convirtieron en un nudo en la garganta y sólo pude asentir. Mis niños... cuántas cosas han pasado en tan poco tiempo y ahora no estoy con ellos. Subí al médico llorando y cuando me tocaba entrar, ¿a quién me encuentro? sí, exacto, al enfermero. Vino super atento a preguntarme si me encontraba bien y tal y yo le di largas tan rápido que después pensé: qué estúpida soy, para alguien que te trata bien, vas y le apartas , pero bueno, él iba con prisas y a mí tampoco me apetecía que me vieran así. 

Esa misma tarde, a las 4 y media me fui a la casa de mis ex jefes temblando como un flan porque no sabía cómo iban a reaccionar los niños: ¿les alegraría verme?, ¿pasarían de mí?, ¿me echaría yo a llorar? El trayecto hasta la casa era familiar, pero me resultaba taaaan lejano, como si hubieran pasado años desde la última vez que estuve allí. Al escuchar jaleo de niños tras la puerta me entraron ganas de irme, pero ya había llamado al timbre y al identificar sus vocecitas ya estaba deseando abrazarles a todos, ¿me abriría Marcos? Pues no. Me abrió una auténtica desconocida para mí y una amiga nueva para los niños: la mujer que trabajaba de niñera ahora. La radiografía de un silvido, delgadísima, con coleta, morena y de mirada muy fría:

- ¿Hola? Dígame, ¿qué desea?
- Ehh, hola, buenas tardes, soy Marina ( no sé si era mi propia película mental pero me sentía taaan humillada)
-¡¡Maninaaa, Maninaaa!! mis niños me reconocieron y no hizo falta que me presentara, se me saltaron las lágrimas. Ella abrió la puerta y aunque intentaba parecer amable, se notó que le dio coraje.
No pasé de la entrada y los niños se abrazaron a mí y yo lloraba sin parar, esa mañana el mismo médico me advirtió de los cuidados para mi clavícula, pero en ese preciso y precioso instante me hubiera dado igual que se me descolgara el brazo.
Miguel había dado un estirón y me decía que si aún tenía pupas y Marcos apareció veloz con un dibujo que me habían hecho. ¡No se habían olvidado de mí! ¡me habían hecho un dibujo! Y de esto hace ya 8 meses, pero cada vez que lo recuerdo se me saltan las lágrimas. No sé si algún día tendré hijos, pero el amor que siento por estos niños es superior a todo. La niñera 2 desapareció como un fantasma y vi venir a mi preciosa Ana con mi ex jefa y su gran barrigota a la que no terminaba de acostumbrarme (de Ana no fue por asomo tan grande, la tiene super redonda es como un bombo de música).

- Siéntate, nos tomamos algo. Me dijo sonriendo
- Si os queda algo de zumo, me viene bien, gracias. 
- Sin problemas, sabes que aquí el zumo circula en cantidades casi industriales.

Y seguía llorando, emocionada, de ver a mis niños de saber que ellos me quieren como yo a ellos y del recuerdo del olor a Nenuco de la casa, siempre huele a Nenuco. Ohh, ¡lo echaba tanto de menos!

Miguel me decía: - Ya no tienes barriga, pero no llolles. Jajajaja ¡me lo comía a besos y abrazos!
Y cuando Marcos me preguntó se me quebró la voz: - ¿tú ya te quedas aquí con nosotros?
Ufff, qué difícil me estaba resultando todo, a ésto apareció la enterada de la niñera 2 diciendo:

- ¡Maarcos, pero tú sabes que yo ya estoy aquí para cuidaros! , Marina no puede venir, que está malita.

¡Qué tía tan lagarta! ¿Cómo se atreve a decirle a un niño eso? a saber qué cosas les contará, me tendrá a mis niños traumatizados. Pero yo respondí sonriendo

- Cariño, tú sabes que yo siempre voy a estar para vosotros, así que vendré a visitaros siempre que queráis.

Marcos: - ¿pero entonces, te quedas ya aquí? 
Miguel: - ¡tú muemes con nosotros en la cama!

La niñera 2 irradiaba ya tanto cabreo que mi ex jefa intervino para suavizar las cosas. Con el tema de la merienda se despistaron un poco, pero no me gustaba nada tener que estar hablando de mis cosas con la arpía esqueleto delante de nosotras. Mi jefa me contó que había seguido teniendo problemas en el embarazo, que los niños me habían hecho los dibujos y que pensaban llamarme y venir a verme a casa una vez que hubiera nacido el pequeño porque entre mi accidente, su embarazo, los tres niños y la casa no tenían tiempo para nada. Y me lo creí. Estando de nuevo dentro de la que había sido mi casa durante años, volví a entender cómo funciona todo en la casa y los días pasan muy rápido y a tope. Aunque nadie se dio cuenta me dolió comprobar que me molestaba horrores intentar coger en brazos a alguno de los peques, como hacía antes, era como asumir que debía aceptar que no iba a volver para cuidarles. La marea de sensaciones me tenía muy abrumada. 

Al día siguiente tenía mono de ver a mis niños de nuevo y salí a la calle para ver si me los encontraba por el parque o algo, ¡qué suerte tuve! Sé que la niñera repelente me vio y se hizo la loca, pero yo iba a ver a mis niños y no a ella, así que me panté delante de los columpios y Miguel se vino corriendo hacia mí con una sonrisa impagable

- ¡Tú te vienes con nosotros a jugar! Y a pesar de que había alguna personaje cabreada, me pasé media mañana en el parque con mis niños. Me sentía como el padre divorciado con problemas de custodia que se escapa del trabajo para colarse en el recreo de sus hijos. Estefanía (la niñera chunga) me soltó:

- Mira, Marina, no te ofendas, pero si quieres a los niños, no deberías aparecer así como así para jugar con ellos. Les confundes y no favoreces su (a ver si me acuerdo bien) crecimiento emocional , los desestabilizas. 

- Tranquila, Estefanía, llevas menos de 4 meses con ellos, ya los conocerás mejor, son niños muy inteligentes y si en algo pudiera afectarles ten por seguro que lo evitaría yo la primera y después sus padres. 

Y se marchó con mis niños a regañadientes mientras Miguel me decía adiós con la manita...
El día después del parto programado, me presenté en el hospital con una cesta preciosa recomendada por A, tenía cosas para el bebé y cosas para mi jefa (como crema corporal reafirmante, frutas, bombones...) y le vi la carita al precioso Bruno, con un gran flequillo negro y largos deditos. Mi ex jefa estaba algo pachuchilla porque el parto fue más largo de lo normal (a pesar de ser programado) y también bastante complicado, pero afortunadamente estaban los dos bien. 

Entró mi ex jefe y se creó una complicidad entre los tres que seguro que ellos notaron, porque aprovecharon para contarme un poco: habían dudado muchas veces de llamarme y ponerme a los niños, de que vinieran a verme a casa y demás, pero 1º el tema del complicado embarazo no facilitaba las cosas y 2º pensaron que estando en un momento tan delicado, el hecho de que mantuviera un contacto muy apegado a los niños me iba a hacer más difícil el asumir que necesitaban a otra persona que me sustituyera en el trabajo. 

- Marina, tú sabes que nosotros te queremos mucho porque vemos cómo quieres a nuestros hijos, lo hemos comprobado, estábamos completamente tranquilos sabiendo que tú cuidabas a los niños porque sabemos cómo los cuidas y lo mucho que ellos te adoran. Para nosotros no ha sido nada fácil ni encontrar a otra persona que se desenvuelva con la que nos viene ahora teniendo a Bruno en casa y que nos transmita confianza para cuidarlos. Estefanía es una buena chica, algo seria y algo estricta, pero nos da tranquilidad. Ella se tiene que sentir intimidada porque no se lo han puesto fácil, eh? los niños se rebelaron y no querían saber nada de ella, hemos tenido unas buenas batallas, decían que ellos querían que Marina volviera y que cuándo volvía Marina y que ellos querían a Marina... 
Miguel nos contó que te vieron en el parque el otro día (notaba como mi cara se iba poniendo roja de vergüenza... ¡Dios, iban a pensar que soy una psicópata que acosa a sus hijos en los parques!)

- Esto... bueno, es que los vi y claro...
- Ya, bueno, que sepas con total seguridad que puedes venir a casa a verlos cuando quieras, siempre que quieras, no tienes que ir a buscarlos como una fugitiva, nuestra casa es tú casa. Así que descarta los encuentros callejeros ;-)
- De acuerdo. Me tenían calada, anda que no me conocen ya ni nada...
Al salir del hospital, me encontré con el enfermero que salía del turno y al final quedamos para un café.


Marzo 2011

Todo el tiempo que meses antes había pasado fuera de casa, lo recuperé en cuestión de unos días. Los primeros días mi piso me parecía hasta fascinante, todo nuevo, me parecía bonito; a medida que las semanas sumaban en el calendario, me cansaba del mismo escenario porque apenas salía de casa (me permitía un lujazo como pedir la compra por internet al Mercadona) y porque al mismo tiempo, mis problemas físicos iban remitiendo y la inactividad empezaba a agotarme. 

Llegué a la conclusión de que el ciclo de vida de un producto es bastante similar al aprovechamiento del tiempo libre cuando no tienes nada que hacer: al principio aprovechas poco a poco pero cada vez más hasta un punto en el que te cunde la mañana haciendo muchas cosas; pasado un tiempo, has ordenado y limpiado tanto y puesto todo al día, que los días se hacen interminables y en lugar de aprovechar, desaprovechas. Empezaba a echar mucho de menos a mis niños y tenía muchos sentimientos encontrados con mis jefes: por un lado comprendía perfectamente que buscasen a otra persona porque está claro que les hace falta y que yo estaba como una muñeca de trapo, pero por otro lado me dolía, me sentía como ofendida por haberme reemplazado, nada de llamadas, nada de visitas, nada de nada. De un día para otro la que en parte había sido mi familia no daba señales de vida, tal y como me ocurría con mi familia de sangre. Yo, en lugar de intentar llamarles o pasar a visitarles, opté por cerrarme en banda, la que había estado malita era yo, ¿no? teniendo teléfono, una llamada no cuesta nada. Pero me esperaba una visita sorprendente.

B: - "Guapa, ¿qué tal te encuentras hoy?"
Yo: - "Hola B, pues nada, como todos los días..."
B: - "Ummm, ya, bueno, ¿tienes planes esta tarde? Hay alguien a quien no conoces que quiere merendar contigo."
Yo: -" ¿Conmigo? ¿Alguien a quien no conozco? Esto...
B: "No no no no no, tú tranquila, yo te explico: A estaba algo apurada y no sabía cómo decírtelo, ella ha estado en contacto con algunas señoras testigos del accidente y se ve que tienen ganas de ir a verte"
(Mis ojos, como platos) Yo: "¡Venga ya!"
B: "¡Que sí, chiquilla! ¿Sí o no café esta tarde? en tu casa o donde quieras, vamos"
Me pilló en un día de me da igual todo y acepté.

A las 5 estaba A en casa con un bizcocho de canela y almendras que me perfumó toda la casa. Trajo también unas pastas por si alguien era alérgica a los frutos secos. Estuvimos un rato en casa sin hablar apenas, pero a gusto. Yo no pregunté ni cómo eran las señoras ni nada, pero cuando sonó el timbre, la sonrisa de A y su "verás, te van a encantar" despertaron toda mi curiosidad.

Vivo en un tercero y creo que desde la primera planta escuchaba ya sus voces muy escandalosas. A y yo esperábamos junto a la puerta entreabierta cuando me veo a dos señoras mayores muy bajitas y llenas de energía entrando a mi casa como si vinieran todos los días. La entrada no pudo ser más triunfal:

Señora 1: "Hola, preciosa, ¡qué linda eres!" (dirigiéndose a A)
Señora 2: "Ay, ay ¡venimos ahogaditas! ¡Cuántos escalones tiene esto, Corazón de Jesús!"
Señora 1: "Si es que te lo he dicho, que el ascensor no come, y total, para lo viejas que estamos ya, si nos quedamos encerradas, nos ahorramos el ataúd"
Señora 2: "¡Jesús bendito, vaya cosas que tengo que oir! Además, ahora que lo dices, tenemos que llegar vivas por lo menos hasta el juicio de la pobre muchacha... ¿eres tú, verdad?"

Y las dos vinieron a darme unos abrazos muy cariñosos. De la sorpresa de su llegada pasé a la risa ante tal espectáculo y cuando me transmitieron tanto cariño me puse a llorar como no lo hacía desde hacía meses.

"¡No me llores!", me decían secándome las lágrimas. Como llevaba muchas semanas casi en silencio, la tarde de visita me dio un dolor de cabeza impresionante, pero lo pasé muy bien. No tenía ganas de reír pero acababas riendo igualmente ante tanto cariño y espontaneidad.

Las señoras son vecinas desde hace 40 años, una planta las separaba de estar puerta con puerta, pero nunca se habían relacionado sin saber ninguna de las dos porqué. El caso es que una no tuvo hijos y el de la otra vive a bastantes km ("¡casado con una rusa, más blanquita es! pero hicieron una boda muy rara, para mí que es amañada, yo creía que mi hijo era un lesbiano de esos") por lo que al quedarse viudas se hicieron amigas y ahroa son inseparables. ¡Ven Sexo en Nueva York con 70 años que tienen! jajajaj 

Pues eso, como tenían todo el tiempo libre del mundo venían cada dos por tres a merendar. Había días que prefería quedarme tranquila sola, pero me daba pena decirles que no. Me han llenado la casa de tapetes de croché, así que cuando se van, me dedico a esconder los encajitos para sacarlos de nuevo antes de que vengan. En dos meses, había cambiado a 3 niños de párvulos por dos ancianas hiperactivas. 





domingo, 9 de enero de 2011

Fin de semana infantil

El viernes por la noche llamé a mi jefa y tenía algo de fiebre, así que ni corta ni perezosa le dije al marido que se buscaran plan para el fin de semana porque yo me iba a encargar de los niños. Creo que al pobre casi se le saltan las lágrimas de emoción y aunque no me dijo que sí de forma inmediata, sé que les hacía falta. 

Ayer por la mañana a las 10 en punto estaba en la casa cargada de los regalos que los Reyes me habían dejado en el piso para mis niños y aunque sé que ya han recibido sus regalos pensaba que en cuanto los vieran se iban a volver locos y así fue, pero ¡por verme a mí! vinieron los 3 con sus pijamitas de muñecos a recibirme gritando de alegría con los brazos abiertos y yo lloraba como una tonta. Son los mejores niños que me podría haber tocado cuidar yo creo que aún teniendo los míos propios nunca serían tan buenos como éstos. Marcos viene más alto, se ve que tuvo un poco de fiebre por el frío de Bilbao y ha dado un estirón. En cuanto mis jefes se aseguraron de que iba a estar bien, de dejarme dinero, la nevera llena y darme millones de datos complementarios, se marcharon y empezó la fiesta. Los niños se sorprendieron de tener un 4º regalo (creo que sus padres lo están haciendo maravillosamente bien, no son niños caprichosos, ni consentidos. Pidieron algunas cosas y les han traído algunas sí y otras no y los niños no han protestado, al contrario han compartido todo y jugado, lamento compararlos con los hijos de D que son caprichosos, egoístas y han pedido y les han traído tantas cosas que no tendrán tiempo para todas)
Los Reyes le trajeron a Ana un Pocoyó dulces sueños, muy suavito se le ilumina la carita y tiene música de nana. No lo soltó en lo que restó de día; ella colaboraba rompiendo papel de los demás regalos, pero con el Pocoyó a cuestas. Miguel flipó con la guitarra a teclas, el micrófono y la radio, todo de colores y de su altura. Rápidamente repartió entre los hermanos y se pusieron a bailar y cantar, ¡fue tan divertido! Y Marcos, tan formal, abrió su regalo: un maxi libro de cuentos con una casa diferente para cada historia. Trae el estuche unas piezas de madera muy bonitas para construir todas las casas del libro. Este regalo era algo arriesgado: Miguel es el artista de la familia, Ana es una niña tranquila, pero Marcos es tan ordenado y pensador que tira más por otros derroteros, así que tampoco tenía muy claro cómo iba a reaccionar con el regalo, pero creo que ha sido todo un éxito. Ya decía Miguel con los ojos abiertos como platos:

- Yo soy tu mecánico, ¿vale? cuando necesites un tornillador, ¡yo te lo doy!
De modo que, mientras Marcos observaba las casas en el libro de cuentos, le iba a pidiendo a Miguel "la pieza grande azul" o "la puerta roja" y Miguel disfrutaba acertando siempre con la pieza.
Se nos pasó el día volando, almorzamos y nos pusimos a bailar y cuando me vine a dar cuenta era la hora de la merienda. Después nos pusimos a hacer collages con pintura de manos y pronto llegaron el baño y la cena. Me puse un dvd de dibujos animados pero lo cierto es que con ese ambiente familiar no me costó nada dormirme. 
Hoy me desperté descansada y con muchas energías para disfrutar de los niños y de una mañana tan soleada, así que nos fuimos al parque, ví que han abierto un local con comida orgánica (algo me había contado A en pleno entusiasmo, pero yo andaba en mis pensamientos) así que compré unas crudités que los niños devoraron como auténticos ratoncitos y unos rollitos de patata con brocoli y calabaza que desaparecieron por arte de magia. Yo no soy tan "orgánica" y como al lado hay también un local de bocatas camperos, me pedí uno para mí porque estaba viendo que los niños se habían puesto las botas y no íbamos a volver a casa para almorzar. Cargada de galletas, botellitas de agua, toallitas húmedas y kleenex aprovechamos para darnos un paseo hasta que nos llamaron los papás. Mi jefa tenía mucho mejor voz que el sábado por la noche cuando llamó para saber si estábamos bien y habían pasado el finde en un hotelito muy romántico con spa. 

Nos reunimos en casa, tomamos café mientras los niños jugaban y estuvimos hablando de todo un poco hasta que salieron Marcos y Miguel con una caja grande de regalo diciendo que la habían dejado los Reyes para mí. Sorprendida, eché una mirada inquisidora a mi jefa que sonreía mientras acunaba a Ana y ayudada por mis pequeños me dispuse a averiguar qué se escondía debajo del papel 
¡Me han regalado un robot de cocina! Yo lo había estado mirando tiempo atrás en el Corte Inglés porque comparado con los precios de La cocinera o el Chef 2000, éste costaba 100 Euros; pero finalmente, puse internet y el dinero de una cosa lo pasé a la otra. Qué guay. Ya  me voy a poder hacer mis guisoteos, aunque trae un libro tan grande que de aquí a que empiece me va a llevar algo de tiempo. Me ha hecho tanta ilusión que he encontrado una receta de un pastel por internet y ahora mismo se está haciendo. Mañana lo llevaré para el desayuno. 

¡Que tengáis un feliz lunes!